MI NOMBRE ES
CRISTINA VILADOMS

Emprendí hace 10 años con la ilusión por las nubes, enamorada de lo que ponía al servicio… pero sin tener ni la más remota idea de que mi negocio sería el motor principal de mi desarrollo personal.

Nadie me avisó de que cada límite, cada miedo, cada historia familiar no resuelta, se iba a reflejar, sin filtros, en cada etapa de mi emprendimiento.
Y así fue.

Durante años intenté hacerlo “bien”.

Más horas.
Más formación.
Más estrategia.
Más herramientas.
Más, más, más…

Creía que el conocimiento me haría sentir segura.
Que tener la agenda a reventar me haría sentir válida, capaz.

Hasta que entendí que, en realidad, lo que estaba buscando era permiso para ser yo.

La fiebre de la titulitis y la agenda a tope me mantenían ocupada…
pero desconectada de lo esencial: hacer crecer mi negocio conectada a mí.

La vida me ha propuesto renacer diferentes veces y de diferente manera.
Tres de ellas de manera especial, dos a través de la muerte, la otra dando vida.
La muerte y la vida danzan, y en ese vaivén descubro que mi ciclicidad me guía en el baile.

Primero, la muerte de mi padre después de 4 años de enfermedad,
me hicieron replantear de qué manera quería vivir y trabajar.
Y pocos años después llegó la maternidad.
Y con ella… una de las hostias de mi vida.
De repente, cuando creía tenerlo todo bajo control,
una multa de 20.000 euros por un error ajeno (que me tuve que comer)
me cayó encima, realmente era el universo hablándome con megáfono.
Fue ahí cuando entendí que no podía seguir fingiendo.
Que todo lo que no quería mirar (en lo personal y en lo profesional)
me estaba pasando factura.
Así que dejé de barrer cosas debajo de la alfombra
y empecé a contarme verdad.
Dura al principio, liberadora después.
Mirar de frente mis creencias, mis lealtades, mis miedos.
Entender que mi negocio era un ser con alma propia.
Y que yo tenía la responsabilidad (y el privilegio) de aprender a escucharlo.
Él tiene sus ritmos.
Y yo, los míos.
Cuando los honro, todo fluye.
Cuando los fuerzo, todo se desordena.
Desde entonces, mi empresa se ha convertido en un laboratorio de consciencia.
He aprendido más en terapia y en la vida que en cualquier máster.
Porque no hay estrategia que sostenga un negocio desconectado de su raíz.
Y aunque acepto que dentro de mí vive una eterna aprendiz,
y que caminar acompañada me impulsa a llegar más lejos,
hoy sé que no necesito demostrar nada.
Solo vivir en coherencia con quien soy.

De ahí nació OM,
mi forma de acompañar a mujeres empresarias
a transformar sus patrones invisibles
y reconectar con la energía que realmente sostiene su negocio.

No para que hagan más.

Sino para que lideren desde otro lugar:
desde el cuerpo, desde la autenticidad, desde su poder interno.

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